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Vive y deja vivir. ¡Esto es Ibiza!

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Lo mejor del Mediterráneo

Ibiza posee un clima privilegiado, una costa única y una gastronomía de lo más sabrosa, pero sobre todo ofrece una atmósfera de libertad y tolerancia única.


 Estaban acabando los años 60 del pasado siglo XX y un grupo de hippies fijó sus ojos en una pequeña isla mediterránea. Era Ibiza, perteneciente a una España atrasada y dictatorial, pero que poseía calas de ensueño, un clima propicio y un carácter insular y lejano, de hecho podría decirse que estaba perdida de la mano de Dios y parecía que el tiempo se detuvo antaño. O sea, lo tenía todo para convertirse en una auténtica arcadia hippie.
 
Hay que imaginarse a esos europeos recién llegados con sus melenas, pendientes, tatuajes, escasos de ropa, amigos de las drogas, el sexo libre y la espiritualidad oriental viviendo junto a los pàgeses. O lo que es lo mismo, los ibicencos de antes, que no vivían del turismo, sino del campo y la pesca, que mantenían tradiciones milenarias, Atardecer en la playa de Benirráscon gustos austeros y que vestían ropajes que dejaban muy poca piel a la vista. Pues bien, podría pensarse en un choque brutal y una convivencia imposible.
 
Pues no. No solo fue posible, sino que con el tiempo hubo influencias mutuas, y desde el principio con absoluto respeto entre sí. Un ejemplo magnífico de convivencia, en el que confluían modos de vida radicalmente distintos, de forma y apariencia, pero nadie le decía a nadie qué hacer o qué no hacer.
 
Esa atmósfera de tolerancia y de libertad es emblema de la Ibiza actual. Y no es sencillo, ya que estamos hablando de una isla no demasiado grande. De norte a sur hay una longitud máxima de 41 kilómetros, mientras que de este a oeste solo hay 15 km. O sea, una superficie de unos 570 km2 en la que viven aproximadamente 130.000 personas.
 
Unos datos que contrastan con el tráfico registrado tanto su aeropuerto internacional como en su puerto marítimo en el que atracan líneas regulares y cruceros que surcan el Mediterráneo. Entre ambos, en 2015 el número de pasajeros rondó los 4 millones y medio de personas.
 
Si a eso le sumamos la marcada estacionalidad de los turistas que llegan hasta aquí, tal vez podría pensarse que tarde o temprano surgen los problemas de convivencia. Pues de nuevo, y al igual que ocurrió con los hippies, la respuesta es negativa.
 
Todo el mundo es bienvenido aquí y cada uno puede encontrar su lugar. Para empezar las familias que quieren gozar de unas vacaciones dominadas por largas jornadas de playa. De hecho, las calas y las cristalinas aguas que rodean la isla son uno de los principales reclamos, tanto para relajarse en su contemplación como para navegar sobre ellas, practicar diferentes deportes náuticos o zambullirse en sus fondos.

 
En estas inmersiones se descubre la verdadera razón de su transparencia. Aquí se despliegan las más amplias praderas de Posidonia oceánica del Mediterráneo. Esta planta acuática es la responsable de la limpieza de las aguas. Pero además es primordial por la emisión constante y abundante de oxígeno a la atmósfera, lo cual ha hecho que la UNESCO considere que en Ibiza se deba proteger como Patrimonio de la Humanidad.

Si sumamos, ya llevamos unas cuantas razones para empezar a hacernos una idea de que Ibiza es especial, y lo es incluso en la cantidad de elementos con esa misma declaración de Patrimonio de la Humanidad, ya que pocos lugares en el planeta atesoran en tan escasa superficie otros tres lugares con semejante catalogación.
 
Dos, son sendos yacimientos arqueológicos, el Poblado de Sa Caleta y la Necrópolis de Puig de Molins, que nos hablan de los primeros pobladores de la isla: los fenicios llegados en el siglo VIII a. C. desde el Próximo Oriente, y los cartagineses que desembarcaron aquí años después procedentes del norte de África.
 
Y el cuarto de los lugares declarados Patrimonio de la Humanidad es el casco antiguo de la propia ciudad de Ibiza, la llamada Dalt Vila. Un laberinto de calles plagado de iglesias con la catedral en lo alto, callejas, casas encaladas, casonas blasonadas, hoteles con encanto, baluartes en plena muralla y rincones únicos.

 
Curiosamente en el entorno histórico de la Dalt Vila hay un museo de arte contemporáneo, perfectamente integrado en el conjunto, y que muestra la obra de artistas de diferentes procedencias, estilos y disciplinas que hallaron en la isla los motivos para su arte. Ese es otro de los méritos ibicencos, su capacidad para inspirar.
 
Bien sean pintores, escultores o diseñadores de moda, son muchos los que aquí se toparon con las musas. Especialmente músicos. Algunos de talla mundial como Mike Oldfield o el dj más famoso de hoy, el francés David Ghetta, quién tiene aquí su residencia.
 
Por supuesto, el gran gurú de la música de electrónica está presente en la temporada veraniega de las discotecas ibicencas. Unos locales que atraen a miles de jóvenes de todo el mundo, deseosos de bailar y disfrutar de las noches ya míticas de Ibiza.
 
Y hablando de música, en Ibiza surgió el chill-out, un estilo que nació con la pretensión de servir como banda sonora a los espectaculares atardeceres que se contemplan desde las playas y los cafés ibicencos. Solo por esos minutos de sentarse en la arena y mirar hacia el horizonte, mientras el sol le pega fuego al cielo antes de hundirse en el mar, ya merece la pena un viaje a Ibiza. Esto pone de acuerdo a todos los visitantes, independientemente de lo que hagan de día o de noche, es obligado relajarse, inspirarse o divagar viendo el atardecer en Ibiza.
 
 


Armando Cerra para TodoParaViajar.com