Nigro Notaro Viajes

CHINA

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Una cultura milenaria

 


China - Beijing

El punto de encuentro

La Plaza de Tiananmen se colapsa de extranjeros, pero también de estudiantes que siguen a instructores que portan banderines. Estos suelen ser, en colores diferentes, la prolongación de brazos que se agitan, agrupando bajo el sol a jóvenes dispuestos a escuchar.

Los chinos miran, aprenden, sonríen, ceden el paso a los foráneos, y suelen ser bastante disciplinados a la hora de gestionar los residuos que provocan viajes y sudores: botellas, papeles, envases o restos de alimentos. El único problema es que son muchos, por eso la procesión en los espacios abiertos se convierte en marea cuando los sitios se estrechan, por ejemplo en la Puerta de la Paz Celestial, que da acceso a la Ciudad Prohibida por su flanco sur.

La estructura, un derroche de creatividad hecha madera, está dotada de un doble techo donde se entretienen animales fabulosos. Construida en el siglo XV soporta, además de dragones, unicornios y columnas, lemas y un retrato famoso del ex Presidente Mao Zedong. La historia nunca fue un impedimento para la publicidad, por eso puede leerse, escrito en caracteres dorados: “Viva la República Popular China” y “Viva la unidad de los pueblos del mundo”.

Una vez dentro del recinto, el mismo que fuera patrimonio exclusivo de emperadores y privilegiados, el problema es elegir hacia donde no mirar, porque el conjunto derrocha arte, simetría y belleza.

Tras la puerta se erigen templos, altares, puentes y parques, todos con nombres evocadores, como Templo de los Antepasados, de la Tranquilidad Terrenal, Hall de la Armonía o Palacio de la Gloria Literaria. Son 170.000 metros cuadrados —una tercera parte abiertos al público— que custodian 15 millones de objetos y 8.000 tesoros de valor incalculable. El Palacio Imperial ofrece cinco itinerarios para ser recorrido, en todos se encontrarán pinturas, cerámicas, tronos, caligrafías, joyas, bronces, relojes o animales de piedra.

La Puerta de Wu Men o Puerta del Meridiano, que aparece pronto, es conocida por los animales mitológicos que la decoran. Es una de las cuatro que tiene la Ciudad Prohibida, la primera que se construyó, en el siglo XV, durante la dinastía de los Ming.

Un siglo después, cuando eran los Qing quienes regían los destinos del imperio, fue rehabilitada. Es la mayor de todas las puertas y desde ella se adivinan los puentes que salvan la antigua corriente del río de Aguas Doradas, que corre calmo entre piedras talladas.

La entrada, como si estuviese arrodillada ante la jerarquía, tiene tres pasos. El central es para uso exclusivo del soberano, más amplia y ornamentada que las laterales, destinadas para la familia real _la que mira al oeste_ o militares y civiles de alto copete _

la del este_. A su lado se alza una torre, provista de tambores y campanas que sonaban cuando se ofrecían sacrificios a los dioses. Los tañidos se mezclaban con golpes de parches en las grandes ocasiones, por ejemplo para conmemorar victorias guerreras. La tradición, el culto por las formas y los colores, el amor por las palabras está presente en todas partes. 

Mensajes

En el Zhong He Dian, o Hall de la Armonía, existe un trono estupendo, y detrás unas inscripciones cuya explicación ofrece una de las tarjetas de créditos más emblemáticas de la sociedad capitalista, demostrando que la rentabilidad no tiene convicciones.

Las citas pertenecen al emperador Quienlong y expresan: “El camino hacia el paraíso es profundo, misterioso y difícil. Sólo si establecemos un plan preciso y seguimos unidos la doctrina que necesitamos, podremos gobernar bien el país”. Satisfecho por el hallazgo, el monarca tuvo tiempo para seguir pensando: “Cuando tratamos nuestros problemas adecuadamente y en armonía, sin apartarnos del camino recto, todas las cosas sobre la tierra florecen”.

En realidad mucho no florecían, porque excepto en el jardín no existe en todo el palacio nada verde con vida, pues eso atentaba _según el decir de los asesores_ contra la seguridad, al ofrecer lugares donde podían ocultarse posibles enemigos.

Una lápida de 200 toneladas de dragones, nubes y cielos, de 16 metros de ancho y 1,7 de espesor ofrece su superficie para ser admirada. No importaban los esfuerzos, tampoco los costos ni la utilidad, todo parece estar hecho a favor de exaltar la belleza.

Lo mismo pasa en el jardín imperial.130 metros de este a oeste y 90 de norte a sur, con pinos centenarios, cipreses que entrecruzan sus ramas, y wisterias donde se ensalza la piedra, los paisajes y la cerámica. En síntesis, más de 550 años de historia que conservan, a pesar de destrozos, ampliaciones y reconstrucciones, el diseño original, aquel que pensaron los poderosos para ser más felices, mientras los súbditos se sacrificaban para hacerlo posible.
 



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